HOAC

75 años de la HOAC Sacramento de la Sinodalidad

Fernando C. Díaz Abajo. Consiliario General de la HOAC en Vida Nueva

Hace 75 años que, del 26 de octubre al 3 de noviembre, tenía lugar la I Semana Nacional de la HOAC. Estamos de aniversario.

En todo este tiempo no ha sido raro que se pusiera en cuestión la necesidad de un movimiento eclesial, fundamentalmente laical, al servicio de la misión evangelizadora de toda la Iglesia en el ámbito específico del mundo obrero y del trabajo. Casi es consustancial a la historia de la HOAC el constante cuestionamiento que, por unas razones u otras, ha acompañado su vida a lo largo de esta corta andadura.

Hoy, sin embargo, parece que las propuestas concretas del papa Francisco en materia de compromiso político, de la centralidad y la dignidad del trabajo humano, de la enseñanza social de la Iglesia, de la importancia del laicado y su vocación a la santidad, o de la sinodalidad en la Iglesia, suponen un reconocimiento implícito de la trayectoria de este movimiento especializado de la Acción Católica Española. Y no solo un reconocimiento a la trayectoria histórica, sino una apuesta reforzada por apreciar en la Iglesia a los movimientos laicales insertos en la vida social, para construir fraternidad y amistad social.

La aportación histórica de la HOAC y en el momento actual es reconocida por el movimiento ciudadano, por agentes sociales, organizaciones sindicales y políticas, y, cada vez más, por el estamento eclesial.

Pero hay una aportación que quizá no ha sido nunca suficientemente resaltada, y que hoy es aún más de agradecer, por necesaria. La HOAC es, desde sus inicios, una experiencia sacramental de sinodalidad.

Una experiencia sinodal configurada en su modo eclesial de ser, desde su identidad de Acción Católica. Una experiencia de comunión sustentada sobre la común dignidad bautismal, que confiere a los ministerios eclesiales una misma corresponsabilidad en el cuidado de la vida comunitaria, que se ejerce desde la peculiaridad de cada ministerio-responsabilidad para el cuidado del ser y la misión, para el cuidado de cada persona que forma parte de la HOAC.

Una experiencia sinodal configurada en su modo eclesial de ser, desde su identidad de Acción Católica. Una experiencia de comunión sustentada sobre la común dignidad bautismal, que confiere a los ministerios eclesiales una misma corresponsabilidad en el cuidado de la vida comunitaria, que se ejerce desde la peculiaridad de cada ministerio-responsabilidad para el cuidado del ser y la misión, para el cuidado de cada persona que forma parte de la HOAC.

‘No hay irresponsables’

La corresponsabilidad de todos sus miembros, en primera instancia. Desde el comienzo de esta andadura, decimos que «en la HOAC no hay irresponsables». Todos sus miembros tienen una responsabilidad concreta en la animación y cuidado de la vida de comunión y de la misión evangelizadora, en los equipos, en el ámbito diocesano o general, que se ejerce de un modo sacramental.

Es una corresponsabilidad que se sustenta en la dignidad bautismal, y se plasma en la necesaria interacción de cada servicio —vida comunitaria, formación, animación de la fe, difusión, compromiso, presidencia- y que, requiriendo del servicio del ministerio ordenado, confiere a este la posibilidad de realizarse en su esencia, sirviendo a la comunión en el servicio a las demás responsabilidades para que puedan desempeñar su misión propia; como un ministerio de comunión que no agota los demás ministerios y carismas.

La manera en que en la HOAC se realiza el ministerio del consiliario no solo ahuyenta cualquier atisbo de clericalismo, sino que refuerza la comunión para la misión en la diversidad de funciones y en la complementariedad necesaria, para realizar la misión que la Iglesia le encomienda.

Cuando hoy estamos inmersos en el proceso sinodal, en las reflexiones sobre comunión, participación y misión, en el reto de hacerlas reales, la Iglesia puede volver la mirada a la experiencia de los movimientos apostólicos que llevan recorrido buen trecho de este camino, y aprender de esa experiencia que puede iluminar las maneras de crecer en nuestra Iglesia en ser una Iglesia más participativa y corresponsable, eminentemente laical, donde comunidad y ministerios pueden tejerse en urdimbre y trama de comunión y misión.